#3 Un mundo feliz

Barrio Catalinas Sur. La pequeña habitación de Lucky está desbordada, hay pibes parados en su cama porque sino algunos escucharían desde afuera. De cómo suene este demo, dependerá si el Mentes Abiertas se hace o no en Tecson, un estudio de grabación que quedaba en Freire casi esquina Monroe, barrio de Belgrano. Los DAJ no saben que el dueño, que fue quien los grabó, no los soportó. “No los tolero, gritan, no cantan”, le dijo a Marcelo Depetro, empleado e ingeniero del estudio. Pero el demo de DAJ ya estaba listo, era un momento único, los pibes nunca habían escuchado la grabación profesional de una banda compuesta por gente amiga.

Como si hubiera un televisor delante, todas las miradas en esa habitación colmada se dirigen al mismo lugar. Hasta que esa cinta que los hipnotiza deja de girar.

_ ¿Y, qué les parece?, preguntaron los chicos, inquietos e inseguros.

_ ¡Impresionante!, tiró el Mosqui de Dos Minutos, y fluyeron las sonrisas, los chistes y los abrazos. El Mentes Abiertas daba el último paso previo a su existencia.

Después de charlar con un montón de gente que tuviera algo que ver con la música, releer una y otra vez la guía telefónica y darse una vuelta por decenas de estudios de grabación para preguntar por precios y propuestas de trabajo, el estudio elegido para grabar el Mentes Abiertas fue Tecson. Pero por miedo a que no fuera el indicado, y aprovechando que DAJ quería grabar un demo, esas tres canciones fueron la prueba que faltaba para que ocho bandas se sumaran a este proyecto que reflejaría un momento único del rock en Argentina. Sin embargo, faltaba una sorpresa más: el ingeniero de sonido.

Luego de haber sufrido la grabación del demo de DAJ, y de Venganza, una de las primeras bandas que grabó para el Mentes Abiertas, el dueño de Tecson le pasó la posta a su empleado, Marcelo Depetro. Hasta ese momento nunca había grabado un disco y recién arrancaba su carrera como ingeniero de sonido. “Por accidentes de la vida” empezó a hacer el curso en 1988 y se recibió con honores y con el mejor promedio. Su profesor había sido Eduardo Bergallo, ingeniero de monitores de Soda Stereo y creador junto a Gustavo Cerati y “Zeta” Bosio, del propio estudio de Soda: Supersónico. Cómo el oficio recién en esos años empezaba a profesionalizarse y dejaba de ser algo de aprendices de brujos, Marcelo consiguió trabajo rápidamente. Pero los estudios de grabación no eran algo nuevo para él. Sin saberlo, los músicos de esta nueva invasión se encontrarían de pura casualidad con un punk rocker de inicios de los ‘80, un fanático de los primeros Violadores, de la época en que tocaban sin tener disco en la calle, un humanista socialista que ya tenía varios años tocando y grabando.

Atrás había quedado el secundario en un colegio católico de San Isidro entre 1978 y 1982 lleno de fachos y los uniformes de boy scout y monaguillo. Al salir de esa educación represiva, lo marcó el punk más intelectual, el libro de Juan Carlos Kreimer “Punk, la muerte joven” que había estado en Londres en 1977, y las drogas. “Fue un aprendizaje, en esos años no estaba ni el kiosko para tomar birra. Pensaba: ¿qué nos hace a nosotros diferentes de estos seres que vienen de Europa, que son tan cool? ¡claro, están drogados! Entonces me sumergí en una experiencia psicodélica como un demente, era todo sorpresa”. Como si fuera un personaje del “Mundo feliz” de Edward Huxley que tomaba soma para curar sus penas, Marcelo se metió a probar y experimentar mientras se sacaba de encima toda la represión. Después llegaría el estudio de la música experimental, el mambo con King Crimson y un punto aparte a los años de bella locura ante su inminente paternidad.

_ Hacelo vos a este laburo, Marcelo, no puedo con esto, le dijo el dueño de Tecson.

Dos generaciones de punks se habían encontrado.

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