#7 TodoModa

Otra vez a las piñas. Christean se la veía venir, sabía que después de que sonaran un par de temas de IDS todo desembocaría en una escena violenta debajo del escenario, que no habría manera de frenar a sus amigos del barrio y que volvería a escuchar las mismas palabras que sus compañeros de banda habían pronunciado en otras oportunidades:

_ No podemos decirle a nuestra gente cómo actuar.

¿Pero qué era eso de “nuestra gente”? ¿Cuál era la idea de público que él concebía después de la publicación de Mentes Abiertas? “Que no sea público, que tenga identidad. Que nos vayamos encontrando y aceptando las diferencias porque en el compilado había bandas que no se llevaban entre sí pero tenían que estar ahí porque representaban, no por negocio”.
El vínculo entre público y bandas hardcore punk tenía una belleza única que no se había visto anteriormente. En ese liberador acto de subir y bajar del escenario cuántas veces se les antoje, sin seguridad en el medio, en esa dinámica de tomar el micrófono y que éste no tenga dueño, se encerraban los recursos simbólicos de una subcultura en su intento colectivo de dar trámite a las contradicciones en la situación social que compartían, una manera de construir una identidad viable con sus propios sistemas de sentido y expresión. Se había generado una especie de simbiosis arriba y abajo del escenario, una conexión particular que tenía su propio reloj, donde el tic y el tac eran marcados por el pedal de un bombo agudo, intenso y veloz. Esa relación comenzaría a seducir inmensamente a los músicos hasta convertirse en un vicio.

Christean se percató de eso y decidió cerrar la puerta, alejarse de un círculo violento que se agrandaba cada vez más.

El artista cubano Félix González Torres expuso una obra conceptual conformada por dos relojes de pared idénticos, sincronizados exactamente a la misma hora, uno junto al otro. Los dos relojes marcaban los segundos al compás día tras día. Pero con el tiempo, poco a poco, empezaban a perder sincronía hasta que el tiempo entre ellos crecía y los separaba cada vez más. González Torres pretendía explicar el proceso que atraviesan los vínculos afectivos, relaciones que parten de un mismo punto, permanecen en la misma sintonía, hasta que un día dejan de coincidir en el plano temporal.

Algo así pasó también en el hardcore de Buenos Aires. Cada vez más gente iba a los recitales, cada banda tenía sus seguidores, la prensa elogiaba una movida genuina y novedosa protagonizada por pibes de entre 18 y 20 años que creaban sellos y publicaban discos. La repercusión, lógicamente, generó una mayor cantidad de bandas con la idea de vivir de la música y una mayor cantidad de público que, al encontrarse con tantas bandas nuevas, comenzó, a su vez, a subdividirse. El hardcore había crecido de más, se había vuelto una moda. Los pibes fueron creciendo y aquellos que lo tomaron por moda, cambiaron rápidamente de estilo. Al no haber público, quedaron simplemente los que tenían una convicción o un verdadero amor a la música: algunas bandas siguieron en pie, otras se separaron y unas cuantas volvieron a reunirse años más tarde, cuando la sincronía con el reloj ya no volvería a producirse. “Duró lo que tenía que durar. No hay rebeldía más genuina que la de un adolescente. Querer imitarme a mí mismo a los 16 o 18 años sería un mamarracho y creo que eso le debe haber pasado a más de uno”, asegura Depetro.

“Producción independiente. Un hecho vale más que mil palabras”, decían los volantes y afiches que se habían repartido y pegado en disquerías, a la salida de recitales, en ciertas plazas y en algún pequeño y marginal rincón de una edición del SI! de Clarín, esas pocas páginas que no estaban colmadas de los efectos de la ola de privatizaciones. Ese primer espíritu de independencia y autogestión no volvió a darse con la misma magnitud.

Lo que vino después fue el suicidio. El hardcore se había subido a un banco – la repercusión y dinámica novedosa –, se había atado una soga a su cuello – la falta de un discurso propio – y había decidido de manera inconsciente optar por la suspensión de su cuerpo hasta la muerte: optar por copiar el éxito ajeno para conducirse al fracaso. Las bandas nuevas imitaban a las anteriores y las siguientes copiaban a las segundas.

“El discurso era todo el mismo, pero tenías un Adrián (Outeda) de 20 años que te cantaba cosas que la mitad no entendíamos porque era un pibe leído, porque tenía una propuesta, un concepto de ideas muy social y a la vez muy intimista”, explica un Depetro decepcionado con la carencia de identidad de las bandas del Buenos Aires hardcore que se acercaban a Tecson. Tuvo que esperar a la aparición de Fun People para ver algo diferente o a Eterna inocencia, que, aunque tenía una fuerte impronta de Bad Religion, traía un discurso propio en un contexto en el que las bandas más interesantes ya no eran de hardcore. Vivan mis caminos, cantarían tiempo después los muchachos oriundos de la zona sur del conurbano, sin saber que alcanzarían su mejor momento lejos de ese auge noventoso.

Otra salida, Infierno, EDO y Minoría activa continuaron tocando aun sin lograr conectarse con el público del nuevo hardcore, ese nuevo sonido que promovieron bandas como Nueva ética. Pero algo había desaparecido. Los relojes, de nuevo, perdieron la sincronía exacta de sus agujas.
“Buscar lo mismo en el hardcore sería un error, es querer sentir lo mismo con la primera novia. Sin embargo, vos podés ir a ver hoy a Eterna inocencia y está en su mejor momento. Si bien es una banda hardcore, hay temas que no suenan como tal y en ellos es algo piola la capacidad de crecer, seguir curtiendo esa movida de andar en skate y tener hijos mientras”. Marcelo rescata la mirada positiva sobre el crecimiento de una banda porque sabe que eso no siempre se produjo. Al hardcore de Buenos Aires no le bastó con suicidarse que también quiso cavar su propia tumba cuando un sector empezó a pegarle a figuras que evolucionaban, principalmente a la de Adrián Outeda.

NDI había dado vuelta la ecuación completamente. A partir de su último disco “Mensaje no preciso de imagen” se reinventó y originó , en medio de una resistencia a los golpes y críticas de un sector conservador dentro de la misma escena, el análisis del término hardcore: núcleo duro. Adrián había llegado al momento de cuestionarse si seguir petrificado en esa dureza o quebrarse. Supo, entonces, que el camino de la evolución implicaba que la banda no podía exigirle a su público una aceptación y aprobación total, ni el público podía exigirle a NDI mantenerse fiel a un estilo por un liso y llano capricho. He ahí la libertad, la que tanto mencionan las letras de hardcore, pero que pocos pudieron defender a la hora de ser introspectivos y realizar una búsqueda y posterior transformación.

Christean sonríe ante las paradojas que atraviesan su mente. Piensa que la parte más visible del hardcore que estaba en contra del cambio de NDI hoy es solo una caricatura. Piensa que él formó parte de una movida cultural que no volvió a producirse a nivel participativo, porque ni la escena alternativa que era una réplica del grunge y estaba manejada por productores, ni el hip hop free style que habla de unidad y respeto pero concluye en una batalla de egos, pudieron emular lo que se generó en el hardcore. Piensa en las noches en Estados Unidos en las que Los Ramones metían 300 personas mientras que en Arlequines el hardcore local convocaba a mil. Piensa que las bandas posteriores no pudieron siquiera llevar 50 personas porque no tenían una idea clara. Los números no le cierran, toma un mate y prefiere creer que hay fenómenos que todavía nadie puede explicar:

_ Buenos Aires es un lugar extraño en el mundo.

 

En las redes sociales!

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *