#2 Cirilo

Ser judío en Alemania en la década del ‘30 fue una condena a muerte o al exilio. En esos años previos a la segunda guerra mundial, el voto popular acompañaba al nazismo y la idea de Adolf Hitler de “purificar el pueblo alemán” se difundía y consolidaba. Miles de intelectuales judíos fueron inhabilitados para ejercer la docencia y obligados a dejar su país. Entre ellos estaban Theodor Adorno y Max Horkheimer, dos filósofos de la Universidad de Frankfurt, que años después desde California, y atravesados por el éxito de la maquinaria mediática del nazismo dirigida por Joseph Goebbels, analizaron el fenómeno de comunicación de masas. En la obra “Dialéctica del iluminismo” realizaron una crítica sobre la sociedad de consumo y describieron el papel de los medios de comunicación en tanto difusores de estilos obligados de conducta que se nos presentan como “los únicos naturales, decorosos y razonables”. De esta manera los medios de comunicación nos organizarían el mundo al marcarnos lo decible y lo pensable, al ofrecernos qué desear y a quién odiar, al señalarnos lo que puede ser visible y lo que debe permanecer oculto. “Las diferencias son acuñadas y difundidas artificialmente”, afirmaban los teóricos de Frankfurt, y para todos y todas había algo previsto “a fin de que nadie pueda escapar”.

Foto por Mathias Magritte.

Hubiera sido interesante un análisis frankfurteano de una novela que con el correr de los años se convertiría en un clásico infantil. Entre 1983 y 1985, se emitió por ATC la serie “Señorita Maestra”. Allí se narraba la historia del tercer grado de primaria del Nacional de Buenos Aires, cuya maestra era Jacinta Pichimahuida, interpretada por la fallecida actriz Cristina Lamercier. Quienes empezamos a ver el televisor en los ‘90, nos encontramos con la misma historia en una remake mexicana llamada “Carrousel” que se emitía por Telefé. El principal conflicto que atravesaba la serie era el amor imposible que Cirilo Tamayo, un chico pobre y morocho tenía por Etelvina Baldasarre (María Joaquina en Carrousel), una odiosa chica de clase alta, que siempre encontraba motivos para despreciarlo. ¿Qué hacía Cirilo Tamayo ante esta constante discriminación? En general, agachaba la cabeza. Como Ricardo Alfonsín, cuando confirmó que “la casa estaba en orden” mientras apuraba las leyes de Punto Final y Obediencia Debida ante la rebelión carapintada de 1984.

La sentencia de Adorno y Horkheimer respecto a que “nadie puede escapar” de esta sociedad de consumo se volvería irónica en Don Bosco, partido de Quilmes, donde los pibes que salían a patear con sus skates todavía no le daban bola a la política, aunque sí habían visto “Señorita Maestra”. En este barrio de casas bajas sin grandes edificaciones, sobraban las barrancas y todavía quedaba alguna plaza con la vereda medio lisa para andar un rato. De pronto, en Don Bosco, se dieron cuenta que había dos grupos de skaters, uno a cada lado de la vía. Cuando Javi tuvo edad para cruzar y juntarse con los otros pibes, un tal Willy lo bautizó:

_ Che, sos igual a Cirilo Tamayo.

Sus rulos y su tez más amarronada que en la actualidad, no le dejaron otra salida más que aceptar el apodo.

Pasaron los meses y los pibes empezaron a salir de Don Bosco, el barrio de la familia paterna de Ciri. Se iban para Bernal, dónde había otro grupo de skaters, y cada tanto a Quilmes, donde había chicos más grandes como Juano Wallace, que más tarde hicieron el Eh? Park en el sur del conurbano. Años después los destinos eran La Plata o Capital, ya sea al edificio de IBM en Retiro, La Escuelita, o las escaleras del viejo Correo, que hoy son parte del Centro Cultural Kirchner.

Cirilo sonorizaba estas aventuras con distorsión. Desde séptimo grado de la primaria escuchaba punk gracias al Rana, un amigo que le regaló un par de casettes: “Pleasant Dreams” de Los Ramones y otro con canciones de Sex Pistols y bandas clásicas del género. Sin embargo, el skate y el punk los compartía sólo con sus amigos del barrio. De a poco se iba alejando de la normalidad que enorgullece a muchxs para pasar a ser “el pibe raro, que escucha música rara y tiene ideas raras”, tal y como recuerda que lo describían sus compañerxs del secundario. Las puteadas que se ganaba por poner punk rock en los “asaltos” y cumpleaños de amigos eran los primeros síntomas.

A los 14 años, los skaters de Quilmes fueron sus primeros cuasi ídolos. Pero Ariel, un amigo con el que tiempo después armaría su primera banda, Opción Crucial, fue el que le abrió un submundo que lo maravillaría.

_ ¿Che, escuchaste el casette que te pasé de NDI?

La situación era bastante rara. Esta banda no eran estrellas de rock, sino pibes como ellos. El casette se escuchaba mal, era la grabación en vivo de uno de los primeros shows de No Demuestra Interés.

_ ¿Vamos a verlos, Ciri? Tocan el sábado en San Telmo. Zona Cyborg se llama el lugar.

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