#6 Mirando mi tiempo

Siempre hay una prenda de recitales. Un pedazo de tela que en nuestra adolescencia atesoramos e inconscientemente funciona como un seguro en caso de caer en la adultez, en esa forma de vida que nos propone ser ‘alguien’ y olvidar las alegrías efímeras, las emociones intensas y las sonrisas. Pueden ser un par de zapatillas, un jean, o generalmente, una remera. En el caso de Ciri fue una casaca de los Ramones, que él mismo se dio cuenta que había perdido materialidad y la homenajeó recortando el logo y pegándola en la espalda de una campera de jean, que al poco tiempo asumió el mismo estado que la remera y concluyó su vida útil en la pared de su habitación. En ese espacio donde practicaba sus primeros acordes y soñaba con tocar como Brian Baker, o por qué no como Muddy Waters o BB King, tipos que eran identificables con su primera nota, Ciri se preguntaba acerca de su futuro. Había terminado el secundario y tenía que elegir una carrera. Lo meditó y el recuerdo de su abuelo paterno se impuso.

Cecilio Pesquero era anarquista y había llegado en los años ‘20 a la Argentina proveniente de un pueblito llamado Brime de Sog, en la provincia de Zamora, España, que actualmente tiene 147 habitantes. Primero vivió en Lanús y en el año 1935 se instaló en Don Bosco, donde fue pionero de la cocina naturista y abrió la Primera Escuela Experimental de Alimentación Natural. Allí tenía también un molino harinero donde se molía solo harina integral que abastecía a la panadería y fideería del barrio. En un país donde se comían 150 kilos de carne al año por habitante, Cecilio promovía otros hábitos alimenticios. Esto llamó la atención del Dr. Ramón Carrillo, Ministro de Salud del gobierno de Juan Domingo Perón, que lo invitó a sumarse como su asesor y a viajar por todo el país cocinando en Congresos, plazas públicas y unidades básicas. Acompañado de un equipo de dietólogos, Cecilio Pesquero planteaba aprovechar productos regionales y estacionales y cocinaba verduras de las formas más ricas posibles. Impulsado por la admiración que sentía por ese abuelo que había fallecido cuando él solo tenía seis años, y que recuperaba a través de las historias que le contaban su padre y su hermano mayor, Ciri se anotó en el curso de ingreso de la carrera de “Tecnología en alimentación”. Sin embargo, no le alcanzó. Sumergido en una nebulosa, decidió caminar para el único lado que lo motivaba realmente: la música.

Nacido en una familia relacionada con el arte, con un hermano guitarrista, otro relacionado con el cine y la publicidad y con una hermana bailarina y profesora de expresión corporal, Ciri pensó su futuro junto a la guitarra y se anotó en la Licenciatura en Composición con Medios Electroacústicos en la Universidad de Quilmes. No se dedicó nunca a la composición de música contemporánea, de hecho duda que su obra musical se corra del hardcore punk en algún momento. Hoy Javi es docente de esa facultad y analiza esa elección trascendental como un reencuentro con ese pibito de doce años que arrancó en el conservatorio a estudiar guitarra clásica y folklore sacudido por esa bella locura que había sentido en Zona Cyborg.

_ El hardcore te tiene que conmover. A mi me pasaba con NDI, cuando escuchaba una letra me preocupaba por ver cuál era el mensaje. Me pasa hoy con Eterna Inocencia, cuando miro los rostros de las personas que cantan las canciones y lo hacen con una emoción… sienten lo mismo o más de lo que sentí yo o mis compañeros cuando las compusimos. Si no te pasa eso con la música, ya está.

“El hardcore es algo único”, sentencia Javi. ¿Habrá historias parecidas en otros estilos musicales? No es una pregunta que pueda ni desee responder este libro. ¿Pero cómo no creerle? ¿Cómo no desear que así sea? A Ciri un recital de hardcore le cambió la vida.

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