#1 Ezeiza – Constitución

Aun es un misterio la manera en la que en la vieja disquería “La magia”, que se encontraba en Lomas de Zamora, se la rebuscaban para conseguir los vinilos de La Polla Récords al poco tiempo de haber salido. O, quizás, Leo Rodríguez simplemente no lo recuerda. Tampoco ha logrado retener el nombre del vendedor del local en el que pasaban horas con Alejandro, su hermano dos años menor, escuchando y grabando cassettes de rock vasco, Ratos de Porao y Dead Kennedys. Cinco estaciones del tren General Roca ramal Ezeiza separaban al barrio de Leo en Monte Grande  de aquel recóndito lugar en el que comenzó a acercarse a estilos que no protagonizaban el panorama musical en la zona sur del conurbano bonaerense.

En la E.N.E.T  N°1 de Lavallol no se curtía mucha música, pero ni Leo ni sus compañeros de clase podían escapar de las canciones populares y contagiosas de Los Fabulosos Cadillacs, el irresistible encanto de la intensidad hipnótica de Sumo, la irrupción renovadora de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota que levantaban la escena tras la muerte de Luca Prodan, o los covers de Soda Stereo que una banda – que se presentaba con un joven Ricky Rua en la batería antes de que se convierta en una figura clave de la escena alternativa liderando Los Brujos – interpretaba en alguna fiesta que tenía lugar en aquel colegio técnico.

Leo vivía a 17 cuadras de la estación, cuando aun Monte Grande no había experimentado los efectos de la explosión del urbanismo y el paisaje constaba de calles de tierra y descampado.

_ En esos años hacíamos esos recorridos de forma nocturna, no había nadie, no había policía, solo estaban los hijos del intendente que no bajaban del auto porque estaban como petrificados por la cocaína, “la lancha”, la camionetita que te levantaba, y nosotros.

Se sentían dueños de la ciudad, pero algo faltaba.

Luca Prodan arribó a Argentina cuando el país se debatía entre la dictadura y el aburrimiento, huyendo de la pedagogía más vil y la heroína más cruel, para transformar a todo aquel que lo conociera y a la cultura under local para siempre. “Acá falta locura”, solía decir Luca. Sumo tenía un hueco porque había un espectro en la música que no estaba, que era la locura. A Leo también lo había transformado Sumo. 

Es de esos personajes que asegura, sin titubeos, que siempre soñó con tener una banda y que cuando los vio por primera vez en vivo se dijo a sí mismo: “Quiero ser esto”. Algo faltaba. Quizás no era la locura en este caso. Quizás era un acercamiento más profundo con la música o la necesidad de que la influencia del mensaje antisistema de las bandas punk de los ’80 encontrara anclaje en su realidad cotidiana y se expresara en canciones propias. Algo faltaba y si era necesario había que salir a buscarlo recorriendo cada estación del Roca. A la salida del E.N.E.T N°3 de Avellaneda, más conocido como “El Paláa”, un colegio nocturno en el que terminó el secundario, Leo empezó a cambiar de andén para ir hasta el final del recorrido porque Constitución estaba a una distancia tentadora de Cemento. La única fuente de información era el SÍ de Clarín, así que muchas veces se enteraba de quiénes tocaban recién en la puerta del lugar.

Cuando la secundaria, al fin, había finalizado, Leo y su hermano tomaron dos decisiones claras: hacerse cargo del kiosco de sus viejos – y con él de la libretita de fiados integrada principalmente por los policías de la comisaría que quedaba a la vuelta – y la de arriesgarse a ir más seguido a Capital a ver Todos tus muertos, Cadáveres de niños, Sentimiento incontrolable o el viejo Attaque 77 con el hermano de Ciro, para luego contarles la experiencia a los amigos del barrio y consolidar un grupo que, con el tiempo, iba de una forma más organizada y segura con respecto a la elección de las bandas que tocaban en algún festival del mítico MacArthur.

Zona sur no era tradicionalmente hardcore o punk, todas las revistas de la época miraban para el lado de Temperley y el surgimiento de bandas alternativas. Leo asegura que ni él ni sus amigos se sentían punks en los ’90. Tampoco ahora. Sin embargo, habían decidido abrazar una escena artística en esa parte del conurbano que reunía organización entre bandas, acción política y distorsión, una unión más fuerte que los acoples de los vagones Roca, ese compañero de rutina al que se subían en busca de afiches que anunciaran alguna movida y contenedor de anécdotas al que el gobierno de Carlos Menem había puesto bajo la operación de la empresa FEMESA, una etapa intermedia dentro del proceso de desmembración y privatización de los ferrocarriles argentinos.

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