#2 Un viejo alarido de rebeldes sacados

El almanaque marcaba diciembre de 1984. Patricia Pietrafesa había pasado por una fotocopiadora antes de dirigirse a un recital. Pidió 20 juegos de “Resistencia”, su primer fanzine escrito a máquina y a mano. Guardó todo en su mochila y fue al show. Al volver a su casa ya no tenía más copias. “Estamos aquí y somos la prueba que algo en la sociedad no funciona. A tiempo nos dimos cuenta que íbamos a ser un engranaje más y no queremos entregarnos al fuego”, decía la primera página. Las palabras de Pat fueron un vórtice que levantó a su paso inquietudes políticas agazapadas e incentivó a la realización de cientos de zines.
Leo, Alejandro y sus amigos, Ariel y Julián Duboscq, saciaban sus ganas de buscar, conocer y dejarse atrapar por cada una de estas producciones en Plaza Houssay, Corrientes y Callao o algún recital de Don Cornelio que solía reunirlos.
Ariel estaba comenzando el CBC para entrar a la carrera de Comunicación. Los nuevos autores que le aportaba la formación académica se sumaban a su interés por profundizar sobre las ideas de Bakunin y Malatesta, mientras que Leo cargaba con una impronta de barrio, con las experiencias de patear las calles, con la influencia de la música. Ambos decidieron volcar esa conjunción en páginas que formaron parte de una tercera generación de fanzines punk: “Juventud perdida”, nombre con un tinte irónico que encuentra su razón de ser en una letra de Ratos de Porao.
Entre 1990 y 1998, las publicaciones de Juventud perdida contuvieron mucho más que textos con tinte político, entrevistas y párrafos con diatribas personales. Se editaron nueve números – cuatro en formato fanzine y el resto, como revista – que generaron buena recepción tras la publicación de un cassette de Detenido Desaparecido y otro de distintas bandas pronunciándose por la abolición del servicio militar.

_ La idea del fanzine surgió por Patricia y Resistencia. Nos gustaba esa visión y queríamos hacer algo parecido. No nos salió parecido aunque la verdad no podría medir la dimensión de su difusión. Creímos que podíamos aspirar a más después de los dos cassettes que publicamos y quisimos sacarle uno a Loquero, se lo hicimos grabar, al final sacamos 100 copias y se enojaron con nosotros.

Mientras la escritura, desgrabado y elaboración de entrevistas estaban a cargo de Leo y Ariel, sus respectivos hermanos completaban las tareas que le daban vida al fanzine: Alejandro se ocupaba de la fotografía y la imagen y Julián, del diseño. Pero todos tenían un rol común que desempeñaban con el mismo compromiso: la distribución. Lo hacían de mano en mano en estaciones de tren, disquerías, recitales, kioscos de Callao y Santa Fe y por la zona de la Facultad de Sociales de Marcelo T. de Alvear, donde cursaba Ariel.

En un recital de Todos tus muertos, en Cemento, su plomo, Nicolás, quien era vecino de la abuela de Leo y Ale y el baterista, Pablo Potenzoni, que anteriormente compartía banda con el mayor de los Duboscq, le pidieron permiso a Omar Chabán para que los fanzines se exhibieran en la entrada el día de la fecha. La edición N°6, que ya había adquirido formato de revista de un tamaño menor y a dos colores, captaba la atención de quienes iban ingresando. Uno de ellos fue Osvaldo González, quien les propuso financiar una revista a color, con cassette incluido y con una tirada de 3000 ejemplares. Todos aceptaron la idea, pero jamás vieron un solo peso.

 

_ Fue todo un desastre, nosotros éramos muy barderos y no nos supimos manejar económicamente, por eso nos fundimos. Nuestro mecenas se evaporó dejando un tendal de deudas y nosotros nos evaporamos con él.

Pero como todo proceso de evaporación, el líquido convertido en gas se eleva a la atmósfera donde se condensa para luego precipitarse en forma de lluvia. Mientras se condensaba, Juventud perdida generaría un diluvio con vientos crudos: Carne de cañón, “porque si tenías un fanzine, tenías que armar una banda”, explica Leo. Ambos convivieron paralelamente durante un tiempo, lo que permitió que bandas como Detenido Desaparecido, que se había vinculado con ellos a través del zine, terminaran compartiendo escenario.
Así como el fanzine se había convertido en un elemento aglutinador y una puerta hacia la acción política colectiva, algunas casualidades los llevarían a dar con personajes determinantes. En una fiesta conocieron al Cui y su virtud de saber tocar el solo de Orgasmatron de Motorhead. Como sabía hacer punteos, no dudaron en incorporarlo a la banda que hasta el momento tenía un solo guitarrista. El Cui no venía solo, su amigo Tito se copó para ser plomo de la banda y cargar los equipos. Quizás esa haya sido la única vez que lo vieron trabajar. ‘El nene’, como lo apodaban por sus escasos 15 años no proporcionales a su gran estatura, vivía en un barrio donde se escuchaba cumbia, no sabía lo que era el punk ni el ska, así que recibió un regalo de parte de Carne de cañon: un cassette de Chuck Berry con la única finalidad de que aprenda a tocar rock. Siendo seis años menor que el resto, Tito se convirtió en el guitarrista de La banda del Cuervo muerto, formada tras la disolución de Carne de cañon, y su presencia condicionó, de alguna manera, la primera época de la banda.

_ Fue toda una primera etapa del Cuervo muerto de hacer covers para que él pueda aprender a tocar rock: Los estómagos, Los visitantes, Butholesurfers, Negú Gorriak, Buitres, boleros como Perfidia, Titâs, Naranjo en flor y no recuerdo que más tocábamos. Cosas que nos interesaban para después tener un estilo propio. Entonces no hacíamos punk rock, hacíamos lo que nos salía pero siempre nuestras vinculaciones eran con bandas punk o hardcore aunque nunca pudimos hacer esa música, lo hacíamos de corazón.

Dos kioskeros – uno que a su vez trabajaba en una mueblería -, un panadero y un herrero. Los ahorros de cada uno eran destinados a comprar equipos con los que no contaban cuando empezaron a ensayar en la casa de María, la abuela materna de Leo y Ale, aquellos primeros sonidos que no parecían congeniar del todo, que no convencían, que se recuerdan como deslucidos. “Éramos muy malos”, admite Leo con una mueca que deja entrever un tendal de anécdotas con tintes desastrosos sin necesidad de contar una por una. Sin embargo, los ensayos comenzaron a mutar en una especie de recitales pequeños porque el terreno tenía un fondo de 50 metros y podía albergar a su grupo de amigos, sus bicicletas y sus locuras vehementes devenidas en recuerdos bizarros en la actualidad y en caballos presenciando recitales en el pasado: A veces había que ir a buscar los equipos que con esfuerzo habían conseguido, con una segunda cuota de esfuerzo que consistía en trasladarlos a lo largo de 30 cuadra. Y en el medio, pasaba de todo.

_ ¿De dónde lo sacaste?

Le preguntaron a ‘El Eloy’ cuando lo vieron entrar con un caballo

_ Estaba suelto…

Respondía aquel muchacho a quien en el barrio habían apodado de esa forma por su parecido con el personaje de Fama, Leroy Johnson.

No pasaría mucho tiempo hasta tener noticias del dueño del caballo, que, desesperado por  recuperar al equino, tomó valor y entró armado a enfrentarse a todos los presentes.

_ Nosotros le devolvimos el caballo, pero faltaba el arnés de cuero y el Eloy, no sé cómo, ya lo había vendido.

Podría decirse que parte de la historia del Cuervo muerto es una especie de drama satírico con un desenlace de sabor amargo con elementos cómicos y bizarros. Pero la tragicomedia no tiene el bardo del barrio ni personajes con un nivel de locura impredecible, la que en algún momento hizo desaparecer equipos que fueron empeñados para algún provecho personal o la que los llevaba a armar una lista de la cantidad de fechas de la banda solo para ver si habían tocado más veces que Hermética.

_ Las razones de la disolución eran porque teníamos una locura insostenible. Una vez tocamos en La Plata con una banda de Bahía Blanca, terminamos de tocar y nos invitaron al finde siguiente. Gustavo, el batero, dijo “no puedo, tengo que trabajar” y listo, no tocás más con nosotros. En el ’97 nos invitaron de nuevo a tocar al sur, íbamos a ir a dedo, pero Martín, el segundo batero, dijo “ya empecé la facultad”, ¿ah sí? Bueno, no tocás más. Nos fundíamos, el kiosco se fundió porque permanecía cerrado por vacaciones. “Los chicos se fueron”, decía mi vieja. Era una demencia.

La inmediatez de programar fechas cada fin de semana dificultaba la posibilidad de reunirse con cierta frecuencia para seguir adelante con Juventud perdida. Pero esa no fue la única razón por la que la banda y el fanzine no pudieron convivir ni sostenerse simultáneamente:

_ El fanzine llegaba donde la banda, no: Nicaragua, España, Costa Rica… Pero el contacto directo con la gente a través de la banda nos cambió el panorama a la hora de transmitir un mensaje. Con la revista era más lento, en cambio alrededor de la banda había tribu.

Sobre el final, La banda del cuervo muerto incorporó a uno de los realizadores del fanzine: Ariel había tenido una breve experiencia en Skabú Simbel, banda pionera del ska en Monte grande, tocaba el piano y había estudiado dos años en un conservatorio. Pero lo previsible parecía no tener lugar en la banda y allí donde debían sonar teclas, comenzó a escucharse un instrumento que generó amor-odio: Ariel se había sumado con un clarinete.

Quizás por su identidad intrépida, su espíritu rebelde y sus anécdotas osadas, parte de su historia merecía estar impresa en el mismo fanzine disparador de toda esta aventura. Un número de Juventud perdida describe aquella fecha en Neuquén junto a Los Brujos y Todos tus muertos que se iba a realizar en un gimnasio que, casualmente, el día de la fecha estaba cerrado por una inhabilitación. Las bandas terminaron entrando por las ventanas y abriéndole la puerta al público, que tuvo que irse antes de tiempo porque el lugar comenzó a llenarse de humo. Fidel Nadal seguía cantando sin entender por qué la gente se dispersaba y se iba del lugar. Más tarde supieron que se trataba de gas lacrimógeno tirado por algunos conductos del gimnasio de forma alevosa. Siempre entre el riesgo y la risa. Siempre entre la convicción de poner el cuerpo por una causa política y el carácter impulsivo.

La banda del cuervo muerto grabó solo dos cassettes: Abriendo el juego y De regreso al sonido de la destrucción, cinta compartida con Mayokeze, la banda del guitarrista rítmico, y Acción directa, de La Plata. Cada tanto, Leo le da play a esas grabaciones y se amarga. Se amarga cuando escucha la mezcla que le parece espantosa, se amarga cuando le presta atención al sonido de las guitarras, se amarga y no puede evitar reírse al admitirlo. Porque sabe que en esas particularidades, en ese sonido sucio, se condensaban y expresaban las condiciones de vida en los barrios suburbanos de la era postindustrial, que esa música con una cuota de rabia era – como ellos mismos definieron – un viejo alarido de rebeldes sacados. Por eso, a Leo le molesta cuando hay quienes dicen que no se escuchan, no porque la nostalgia sea obligatoria, sino que lo entiende como un problema de autocrítica, incluso de quererse poco. La misma percepción suele tener otra frase burda: “No me arrepiento de nada”:

_ La gente que dice “viviría igual”… dale, no vivas, ¡bum! Yo haría todo distinto, en cuanto a lo musical aprendería música, hubiera estudiado, llegar a tocar algún instrumento.

Su hija mayor lo mira de reojo mientras cocina y bromea:

_ Quizás así hubieras sido famoso.

En las redes sociales!

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