Os Mocos #1 – Una verguenza llamada Os Mocos

  Cierta vez, Hunter S. Thompson escribió que el acto de pintar paredes era “bello como un ladrillo en la cara de un policía”. Es cierto que el periodista estadounidense podía realizar este tipo de descripciones porque en su forma de entender el oficio no había barreras ni límites, se había convertido en sujeto y catalizador de la acción, un catalizador psicotrópico que recibía influencias de los escritores de la generación beat. Pero más allá de eso, queda pensar en las expresiones plasmadas en las paredes que evolucionan, se diversifican y, sobre todo, siguen incomodando, indecorosas, adrenalínicas. El nivel de incomodidad se traduce no solo en la interpelación a los transeúntes sino también en los altos presupuestos que distintos gobiernos han destinado en “reparación de vandalismo” o “brigadas anti grafitis”, sin pensar, claro, en el conflicto como una característica inherente a la sociedad, en la inexistencia del orden y en la existencia de la represión para intentar disciplinarla.

  Bragado. 210 kilómetros de la capital. Fines de la década del ’80. La foto de un grafiti publicada en un diario local desata la antipatía de un pueblo: “Toma de la comisaría, violación y muerte a todos los policías”, decía. Las fuerzas policiales no tardaron en comenzar a buscar a los responsables, aquellos que firmaban como Los Mocos y que ya habían dejado su huella en escuelas y en la estación del tren. Danilo Guayta y Santiago Colombo sabían que esa última pintada iba a resultar intolerable, quizás aún más que el resto. Sabían que, de algún modo, estaban rompiendo con esa superficie cuyos cimientos de tranquilidad, parsimonia y tradición pretendían ser inquebrantables. Sobre todo, una vez que el recuerdo de “los presos de Bragado” había quedado atrás. Pero Danilo y su amigo, Santiago, eran una espina clavada en la memoria de un pueblo conservador. Aquel episodio de tortura y violencia política que tuvo lugar durante la década infame en el cual decenas de personas fueron arbitrariamente detenidas, acusadas falsamente de haber puesto una bomba en la casa del político José María Blanch, no era olvidado por Danilo quien armó la agrupación “Pascual Vuotto” en honor a uno de los anarquistas detenidos injustamente en la década del ’30. También formó parte de los “Jóvenes en lucha contra la represión a la juventud” y su amigo Germán González —quien compartiría un proyecto musical con él— lo recuerda encabezando una marcha contra el “Queque” en su pueblo. “Queque” era el cura Christian Von Wernich, párroco defensor de la tortura, el asesinato y el robo de bebés durante la última dictadura militar a quien el clero envió a Bragado para que pudiera transitar sus días sin complicaciones.

  —No era muy conocido, o bien los que lo conocían no decían nada para no levantar la perdiz. En un momento, cerca de 1500 personas armaron una marcha, siempre Danilo a la cabeza, y ahí más o menos se fue enterando el resto de la gente quién era este personaje —explica Germán sobre la movilización que tuvo lugar en 1988.

Foto: Fanz Rebelion Rock

  Enfatizar en el siempre con respecto a las acciones de Danilo no es casual. Quienes lo describen se encargan de hacer hincapié en su intensidad: intensidad para ser contestatario, para impulsar a personas de otras ciudades a conocer Bragado, para subirse a un escenario a tocar con una fuerza movilizadora o para construir su amistad con Santiago.

  A Santiago le decían Finese Altobici. Detrás del apodo no hay una gran historia, pero está arraigado a sus primeros gustos musicales. En el video “A woman” de Jim Morrison, a quien él admiraba, se lo ve al cantante fumando marihuana y andando en bicicleta. La primera expresión de Santiago al verlo fue: “mirá qué fino el tipo”, y se ganó el apodo.

  Las distintas herramientas que estaban a su alcance en la escuela industrial a la que asistía —electricidad, llaves, martillos— le resultaban elementos tentadores para pergeñar nuevas bromas y “salvajadas”, como él cataloga esas anécdotas del secundario en las que no fue el único protagonista. Los profesores no se daban cuenta de dónde provenían los murmullos habituales en sus clases, ese “mmm” constante. Los alumnos estaban serios y con la boca cerrada, sus rostros parecían totalmente disociados de aquel sonido. Sin embargo, detrás de eso estaban Santiago y Danilo, quienes habían logrado convencer al resto de la clase para seguirlos en su afán de enloquecer a los docentes.

  Desde esos años tempranos, la relación que ambos mantenían era de amor-odio. Santiago la describe como una “especie de matrimonio de los años ‘50”:

  —Para nosotros era maravilloso estar juntos, pasaba tardes charlando con él, riéndome porque tenía el mismo humor irónico y espantoso que tengo yo. Y sí, cuando nos peleábamos, nos peleábamos. No nos hablábamos más. Después nos volvíamos a juntar, hablábamos y nos cagábamos de risa otra vez. No sé cómo describirlo, pero amor había mucho.

Continuará…

(El resto de la historia de Danilo y Os Mocos la encontrás en el libro…)

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