NDI / Adrián #1 – Todo menos la nostalgia

  En 1890 el italiano Francisco Tamburini decidió diseñar el edificio ubicado en Urquiza al 200 donde funciona el Colegio Mariano Acosta, con la idea de la “escuela palacio”. Explicó que la construcción de su aspecto tenía que ver con “la exteriorización, a través de la arquitectura de la importancia que tiene en la sociedad”. Tamburini impuso un estilo original que combinó recreaciones del Renacimiento y del Barroco siguiendo la arquitectura que se usaba en Roma para los nuevos edificios del Reino de Italia. El color ocre de la escuela es uno de los detalles más bellos y llamativos en la noche de Balvanera cuando la oscuridad trae consigo un panorama hostil de drogas, prostitución y paranoia. Adrián Outeda abre las ventanas de su balcón de par en par para fumar un cigarrillo y señala el colegio. Piensa en el nombre de la institución, da una pitada y trata de recordar cómo se llama, pero no lo logra. Solo tiene una certeza: “es el colegio al que iba Julio Cortázar”, dice. En pocos minutos puede describir con detalles los rincones del barrio: la concentración de personas de distintos puntos de la capital debido a la variedad de opciones de transporte que ofrece ese sector de la ciudad, las habituales corridas y piñas los fines de semana cuando la cosa se ponecomo él define —“espesa”, la ubicación de las universidades que lo rodean y visualiza desde su lavadero, las cuadras donde corre el paco y la falopa.

  Sin embargo, sería incapaz de describir con la misma precisión la actualidad de las calles de La Boca en las que vivió durante su infancia y adolescencia. Supone que en lugar del almacén en el que solía comprar, hoy hay un supermercado chino, que la mayoría de sus amigos tomaron otros rumbos, que la plaza Matheu en la que se crió tiene otras características, al igual que el fondo de La Boca, los suburbios conocidos como “el barrio chino” porque “eran medio jodidos” que no lo asustaban tanto como las primeras semanas adentrado en la turbiedad de la noche de Balvanera. Supone. Porque nunca más volvió a pisar ese barrio porteño.

  —No por una cuestión de que no me gustaría ir a visitar a algunos de los chicos que todavía están; sino que uno se pone a laburar, a mantener la cabeza en otra historia… La gente también va cambiando, muy pocos quedaron y por lo que me dijeron el barrio está muy distinto. Así que no tenía nada como para volver, excepto caminar y recordar y a mí la nostalgia mucho no me gusta.

Continuará…

(El resto de la historia de Adrián Outeda y No Demuestra Interés la lees en el libro…)

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