Brenda #1 – Desde la noción de la noción

  Que la memoria funciona de modo fragmentario no es novedad. Nunca es unidireccional e ininterrumpida, eso es más bien una mentira literaria. Los hechos acuden como fogonazos para no volvernos locos, para no repetir nuestras propias vidas. Todo es sabido. Pero Brenda Cuesta pertenece a esa estirpe rara que parece ser capaz de construir sus recuerdos de forma lineal. Hay voracidad en sus relatos, voracidad en sus creaciones. Voracidad de vida. Porque previamente cada historia que motiva a sus creaciones la atravesó de principio a fin y, por eso, esa sucesión ordenada tiene un hilo conductor: la música, definida por ella no sólo como su elección “desde que tengo noción de la noción” sino como “lo que me hace seguir viviendo”. Entonces, puede reencontrarse a los tres años en la cocina de su casa cantando el clásico de ABBA, “Chiquitita”. Puede, incluso, escucharse entonando el hit del grupo sueco porque aún conserva un casete que su madre grabó como solía hacer. Tanto Brenda como su hermana mayor, Úrsula, se criaron escuchando la voz de su mamá cantándoles folklore, baladas o algunas canciones de “Dressed to kill”, el tercer álbum de estudio de Kiss que habitualmente sonaba en su casa.

  A los cinco años empezó a ir a canto con su mama en la galería Gran Rivadavia ubicada enfrente de donde vivían. Las clases eran dictadas por un profesor de canto que era conocido de su padre, quien por cierto, tampoco desentonaba con el clima artístico de la familia: había sido manager de bandas de rock nacional durante los ’70, luego se volcó a la fotografía y, si bien al final dejó de trabajar en actividades ligadas al arte para inscribirse en el registro de escribanos, nunca dejó de incentivar a sus hijas musicalmente y cada noche que pintaban las guitarreadas con sus amigos hacía partícipes a Brenda y a Úrsula, quien ya para ese entonces se anotaba en audiciones para Festilindo o Cantaniño.

  El Colegio Brown de Haedo al que Brenda asistió cuando empezó primer grado le quedaba lejos, por eso decidieron cambiarla al Don Bosco. Ahí fue cuando entró al coro polifónico de niños del que formó parte hasta séptimo grado. Durante esos años Brenda y Úrsula aceptaron dos costumbres: ser las protagonistas de los actos escolares y ensayar de forma perseverante con el coro para participar de giras e intercolegiales.

  —Éramos ochenta niños, de los cuales seis voces éramos diferentes. Después de las clases teníamos tres veces ensayo y tocábamos con el coro, ensayábamos las cuerdas y después hacíamos el ensayo general con el resto. Así que siempre fue así —recuerda.

  Siempre en Ramos Mejía, siempre con una rutina de ensayos que mantiene hasta hoy con Bloodparade, Horror Bizz y Canhalet, siempre con una guitarra a cuestas desde aquella criolla que le regalaron “los Reyes Magos” a los siete años con la que empezó en la Escuela de Música en General Acosta y San Martín, siempre con el acompañamiento de su familia que con orgullo disfrutaba de las interpretaciones que Brenda hacía del chamamé, las zambas y los vals correntinos que su familia materna solía cantar y bailar.

El resto de la historia de Brenda Cuesta la podrás encontrar en el libro “Hazlo Tu Mismx, historias de hardcore punk en Buenos Aires”.

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