Solo un momento #1 – “Porque los punkis también tenemos sentimientos…”

    El pequeño pueblo de Walnut Grove decide dinamitar sus propiedades ante la llegada del inminente ferrocarril. Explotan la iglesia, el restaurante, la casa de la señora Oleson. Tan solo un fragmento de La Familia Ingalls producto del zapping constante fue suficiente para recordar años de calamidades sufridas por sus personajes y los modelos marcadamente patriarcales en las crianzas y tareas de cuidados, la abnegación y el sacrificio de mamá y papá modelos, que se reproducían todas las tardes de mi infancia en el televisor de la casa de mi abuela.

  Pía tiene un año menos que yo. No sé si miró ni si recuerda algún capítulo de la Familia Ingalls, solo sé que asegura que su padre y su madre no eran Charles ni Carolain, “pero me criaron a su manera: punk”, dice Pía Valentina Colombo, hija de Verónica Giazanti y Santiago Colombo.

  Verónyka – como le gustaba firmar, con un círculo redondeando la A – y Jakovo – como le decían a Santiago – se conocieron en el ’86, en Bragado, en algún bar, en alguna esquina poco frecuentada, en alguna manifestación o en alguna juntada con los pocos y mismos punkies de siempre que se reunían para pasarse casetes, libros de autores anarquistas y fanzines, entre ellos “El panfleto”, escrito por Santiago, donde volcaba ideas políticas, críticas a los medios de comunicación y poesía de Bukowski, Girondo, Dylan, Pizarnik, entre otrxs, páginas que Verónica aún conserva junto a calcos de Os Mocos que repartìan a la salida de los recitales, CD’s, remeras de bandas, fotos e invitaciones a su casamiento en diciembre de 1994, esa unión en el registro civil que tenía por objetivo cobrar cierta cantidad de dinero para viajar a Salta a conocer al padre de Santiago, quien era portero de una escuela rural. El trasfondo no privó a los ojos de familiares, amigxs y de los propios miembros de Os Mocos de ver a Danilo, uno de los testigos, de traje, a Santiago con un saco estilo The Cure y con sus inseparables anteojos negros, o a Marcelo Romero, el otro testigo del casamiento, con atuendos de cuero y tachas, recordado por no saber firmar en el acta.

  El día que se enteraron que iban a ser padres, Verónica y Santiago quedaron encerrados en un baño y Danilo tuvo que socorrerlos sacándolos por el ventiluz. Es que Pía era una sorpresa que había modificado los planes de Verónica, quien se encontraba en CABA estudiando psicología y decidió ir a vivir con Santiago. Pía nació en septiembre de 1992, “bella, como un río” la describe Verónica. Quizás porque los ríos tienen un misterio que nos atrae, surgen de lugares escondidos y viajan por rutas que no siempre son el mañana donde podrían estar hoy. El caudal de Pía siempre fue parsimonioso y libre. Sobre todo, libre.

  Su madre que se define como una “negra peronista” con la lengua como una guillotina si se trata de ser crítica con la pose, las mañas y la falta de compromiso político de muchas bandas actuales de punk en Bragado, y su padre, en aquel entonces, parte de un movimiento hardcore que utilizaba a la música como una excusa, un canal que le permitiera ser más activo políticamente, la recibieron con tanta felicidad que se olvidaron de preguntar el sexo. Al poco tiempo, ella sería su compañera en los recitales a los que asistían: esta postal retrata a una Pía de dos años sobre una casetera TEAC en la Laguna de 25 de Mayo, donde tocaron Os Mocos, Disekción, Detenido Desaparecido, Los Subversivos, Loquero, El Cuervo Muerto y Cadena Perpetua. “Una crianza punk con apego” dice Verónica, que a sus 47 años no escucha tanto punk pero abraza el sonido del metal industrial a diferencia de Pía – hoy psicoanalista, trabajadora de la salud pública, feminista – que prefiere al Indio o a Charly.

  Verónica habla de sus logros y valores con el mismo orgullo con el que afirma que a ella y Santiago los “comió el sistema” pero conservan la conciencia social, la defensa de la lucha obrera, el apoyo en las manifestaciones y la certeza de que la libertad no es la que Laura Ingalls sentía al correr por la vasta y famosa pradera, es la de los ríos caudalosos, renegados naturales, que siguen su curso danzando a su propio ritmo.


Texto: Andrea Florencia Leal @no.love.lost._

Agradecimientos a Verónica Giazanti y Pía Colombo por el testimonio y las fotos.

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