Solo un Momento #2 – Andrés

A mí nunca me gustó Exploited, GBH, ese tipo de bandas. Siempre fui fan de Ramones, los Clash, los Pistols, los Kennedys, Bad brains, Bad religion, Sumo, Joy division, The Cure, uff, siempre The Cure…

– ¿Estaba mal escuchar otra cosa que no sea el típico punk rock?

Era un sacrilegio escuchar esas cosas. Tener que escuchar punk cuadrado todo el día… Ni en pedo.

– ¿Tenía que ver con los grupos que frecuentabas, amistades que te lo criticaban o una cuestión más generalizada?

Tenía que ver con la gente que acá era promotora del punk rock. Había una estupidez muy grande del prejuicio interno, el medidor de quién era más punk, quién escuchaba música más rápida, más hardcore, más… El rock nació con prejuicios. Está lleno de prejuicios.

Los ojos del prejuicio encarnan ideas que nublan la mirada. La presbicia recelosa formó parte de la cotidianeidad en la adolescencia de Andrés. En el puesto de Luis Alakran, el editor de Rebelión Rock, en Parque Centenario, se animó a responder al juego propuesto: “qué bandas escuchan que no son punk”. Mencionó a Talking heads y lo miraron raro. Da igual, también lo miraban de forma despectiva en “el gran chaparral”, como apodaban a la escuela a la que había comenzado a asistir luego de repetir el primer año de la secundaria en un colegio técnico religioso: a sus compañeros les llamaba la atención su manera de vestirse y eso era motivo suficiente para el bullying constante. No era muy diferente lo que sucedía en el seno familiar, donde más que prejuicio había vergüenza por sus pantalones hechos con bolsas de basura o con cuerina, por sus remeras y buzos pintados a mano, por las prendas que rescataba de ferias americanas que luego modificaba y cosía a mano, por sus cadenas, por sus alfileres por todos lados.

Pero al verse en esa foto sentado frente a la batería que le compró a un vecino de Varela, en un rincón de la prefabricada que su padre había modificado con paredes de ladrillo y quitándole el chapadur, su mirada difiere muchísimo de las que recibía en esa época.

  – Verme me genera simpatía, amor… Recordar momentos de descubrir otro mundo, que no era el que me proponía Florencio Varela ni la vida familiar y barrial. Descubrir que más allá había otra forma de leer las cosas. No sabía bien qué era pero ese pasaje, ese camino a lo desconocido era algo hermoso.

– ¿Por qué eso no era posible en Varela?

– Digo esto porque en Varela no había gente que escuchara punk o hardcore, entonces cuando vos encontrabas a alguien con tus mismos códigos, con la ropa hecha por uno, porque en esa época no había cadenas de negocios de remeras, todo era muy místico y estaba buenísimo.

– Saber que había algo más allá que no sabías bien qué era pero que lo querías buscar.

Ese era el motor de mi vida.

Los chupines, las Topper negras, el corte ramone, tenían sus pros y sus contras: lo molestaban en la escuela, pero le permitían naturalizar el hecho de acercarse a hablar con otra persona que reuniera las mismas características de forma instantánea. Las dos caras de una moneda, que, transversales a toda etapa y contexto, se intensificaron en su adolescencia. Un gobierno menemista que prometía el “salariazo” y la “revolución productiva” mientras el neoliberalismo galopaba agrestemente a la par de las razzias policiales, la represión y el gatillo fácil, por ejemplo. O el lado A y el lado B de su familia: el descubrimiento de una doble moral, la confirmación de una sospecha, la mentira sobre tres hermanos que él no conocía y que su padre había tenido en otro matrimonio. Pero los extremos vuelven a repetirse y donde hubo enojo y bronca, también hubo entendimiento y perdón. O como no tomar alcohol para no amanecer quebrado en la esquina de Cemento, pero conocer las drogas de grande. La vida en sí misma como un descubrimiento permanente de escenarios contradictorios y dispares, de principio a fin, de la cuna tibia a la tumba fría. Y en el medio, la magia: para Andrés Centrone, lo fantástico estaba en ver el VHS del Live in San Francisco ‘84 de Dead Kennedys una y otra vez y aspirar a ser como ellos, o intentar acercarse en la batería a un sonido similar al del primer disco de Todos tus muertos, esa densidad de un hardcore oscuro que lo atrapaba cuando iba a sus recitales.

Las plantas, el limonero, “el galponcito”, los ensayos con Detenido desaparecido en Claypole, el “Never mind the bollocks” pintado en la espalda de un sobretodo negro, las baquetas golpeando una batería que califica como “una porquería”. Andrés no recuerda quién le tomó la foto pero puede recordar sus 17 años y puede analizar a las generaciones actuales desprendidas de conceptos prejuiciosos en torno a la compatibilidad de estilos musicales, una transformación en los públicos que le atribuye, en buena medida, a Patricia Pietrafesa, Cadáveres de niños y She devils.

Las nuevas generaciones lo tienen más resuelto, son mucho mejores que nosotros.


Texto: Andrea Florencia Leal @no.love.lost._

Agradecimientos a Andrés Centrone por el testimonio y las fotos.

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